por negarse a reconocer la propiedad de la empresa. “A los radicales hay que matarlos de
hambre y a palos”, relata que le dijeron, solicitando una comisión que verificara “estos
atropellos injustos a costa de la Compañía”. Este registro sintetiza la forma en que la empresa
ejerció un poder cuasi soberano sobre territorios ancestrales y poblaciones indígenas.
A lo largo de las décadas de 1960 a 1980, el enclave fue escenario de intensas luchas
obreras. La AOMA – Seccional El Aguilar impulsó demandas por mejores condiciones
laborales y de vida (Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, 2015). Se destacan la huelga
de 33 días de 1964, seguida de la marcha de los obreros desde la mina hacia San Salvador de
Jujuy, y la represión de 1976–1977, que incluyó la detención de 31 trabajadores y la
desaparición del dirigente Abelino Bazán. Estos episodios revelan que, dentro del orden
minero, también existían formas de resistencia y politización obrera que tensionaban el
disciplinamiento empresarial.
Desde fines de los años ochenta, sin embargo, comenzó una etapa de
reestructuración económica y tecnológica. En 1988, National Lead Co. vendió la mina al
grupo COMSUR, que redujo la planta de 1.800 a 598 trabajadores (Bernal et al., 2011; Parodi
y Benedetti, 2016). En 2004, la Dirección de Inmuebles otorgó a la empresa 98.420 hectáreas,
muchas habitadas por comunidades indígenas (Ontiveros, 2015). Un año más tarde, la mina
pasó a manos de Glencore–IFC, profundizándose la terciarización y la reducción del personal
(Gómez Lende, 2016). En 2020 se anunció el cierre de actividades, aunque en 2021 el
gobierno provincial comunicó que el Grupo INTEGRA retomaría la explotación.
Estas transformaciones, lejos de significar el retiro empresarial, abrieron un período
de reconfiguración comunitaria. El repliegue del paternalismo minero, la discontinuidad de
servicios y la creciente inestabilidad laboral hicieron emerger nuevas formas de articulación
y fortalecimiento de autoridades comunitarias. Las comunidades comenzaron a reconstruir
estructuras propias de gestión territorial, recuperar prácticas colectivas y disputar sentidos
sobre el uso del agua, el ambiente y el territorio ancestral.
En este escenario —marcado por una memoria larga de trabajo minero, despojo
territorial, control empresarial y resistencia obrera— se inscribe la emergencia del grupo de
Defensoras Ambientales. Su proceso organizativo no puede comprenderse sin esta trama
histórica que sigue moldeando los modos locales de interpretar el derecho, el ambiente y las
prácticas de defensa del agua.
3.2. LA CONFORMACIÓN DEL GRUPO DE DEFENSORAS
En este contexto de reconfiguración institucional y territorial atravesado por casi un
siglo de explotación minera, emergió el grupo de Defensoras Ambientales. Su origen no
puede comprenderse sin atender a las preocupaciones que, desde al menos 2015,
comenzaron a reiterarse en las asambleas de la comunidad aborigen de Casa Grande, Vizcarra
y El Portillo. Las mujeres observaban cada vez con mayor claridad los signos del deterioro
ambiental: cambios en la calidad y el color del agua, muerte de animales, escasez de arbustos
para el pastoreo, pérdida de hierbas medicinales y de bosque nativo, así como la
contaminación de ojos de agua por filtraciones de los diques de cola. Estas señales activaron
una alarma colectiva, pero fueron especialmente las mujeres quienes transformaron esa
preocupación en acción organizada.
La primera forma de organización surgió en 2016 dentro de los grupos de trabajo
comunitario, donde se conformó un espacio inicialmente llamado “mujeres cuidadoras del
hábitat natural de la comunidad”. Su creación se justificaba como una respuesta necesaria
para “buscar soluciones a la problemática ambiental, la falta de agua potable para consumo
y riego en los parajes rurales, el cuidado del ambiente y la protección del paisaje humano, por
las constantes intervenciones del trabajo minero en los movimientos del suelo, la
contaminación del agua, la afectación de la flora y fauna local, el derrame de desechos tóxicos